Hace 25 años perdí a mi segunda hija Nicole…
No había palabras para describir lo que sentía, ni espacio que pudiera contenerme.
Solo había preguntas y la urgencia, aunque silenciosa, de encontrar respuestas. Empecé a buscar.
Recorrí espacios espirituales, religiosos, clínicos, legales y terapias alternativas.
Cada experiencia dejó algo. Ninguna lo dejó todo.
Con el tiempo comprendí que cada una era parte de algo más grande que todavía no podía ver.
La búsqueda duró años. Y mientras tanto, también vivía.
Desde muy joven viajé por el mundo. El trabajo me permitió el contacto con culturas diversas, eventos internacionales, la intensidad de lo multitudinario. Una vida rica en experiencias externas, genuinamente hermosa en muchos aspectos. Y al mismo tiempo, había algo que esperaba ser visto en otro lugar.
La vida siguió dándome señales. Personas maravillosas a quienes admiro profundamente. Otras que ya no están. Pérdidas significativas que no se planifican ni se explican. Momentos que detienen todo y obligan a mirar hacia adentro con una honestidad que el movimiento constante no permite.
Mi espiritualidad crecía. Mi comprensión del ser humano también. Y con ella, un interés cada vez más profundo por entender por qué sentimos lo que sentimos, qué hay detrás de quienes sostienen todo y aun así se sienten solos en lo que atraviesan.
Empecé a escuchar de otra manera. Escuché a mujeres, a hombres, a jóvenes, a adultos. Personas capaces, responsables, comprometidas, que cargaban con una frase que parecía un reconocimiento pero que, con el tiempo, entendí que era también un peso:
«VOS SOS FUERTE… VOS PODÉS» La había escuchado en otros. La había llevado yo misma.
Aprendimos a sostener, a cumplir, a seguir. Pero no siempre aprendimos a reconocer el cansancio, la sobrecarga o la diferencia.
No siempre tuvimos palabras para nombrar lo que nos pasaba. No siempre existió un espacio donde no sentirse fuera de lugar.
Entre las personas que se fueron acercando, muchas eran neurodivergentes: personas que procesan el mundo de manera distinta y que, con frecuencia, cargan exigencias adicionales para adaptarse a entornos que no fueron pensados para ellas.
Entendí que la necesidad era más amplia de lo que imaginaba. También observé algo que me inquietó profundamente: la normalización de un lenguaje que daña sin que nadie lo nombre.
La burla disfrazada de humor. La ironía que minimiza. El comentario que parece inocente pero deja huella. Palabras y gestos que, de tanto repetirse, dejaron de cuestionarse. Pero siguen teniendo consecuencias.
Observé también cuántas personas atraviesan sus procesos más difíciles sin un lenguaje propio para nombrarlos, sin herramientas para reconocerse, sin un espacio que invite al reencuentro con uno mismo. La búsqueda de propósito, el autoconocimiento, la pregunta genuina sobre quiénes somos y cómo queremos vivir no deberían ser un privilegio. Son parte del camino humano.
Con el tiempo comprendí que cada situación, cada persona, cada práctica y cada pérdida había traído consigo una parte de la respuesta. Todo estaba conectado de una manera que solo se revela cuando uno mira hacia atrás con los ojos del presente.
Q’NUU no fue una decisión. Fue la consecuencia natural de 25 años de búsqueda honesta. Del dolor transformado en comprensión. De la certeza, cada vez más clara, de que ese camino tenía un propósito: usar mi voz para acompañar. Construir el espacio que yo también necesité. Tejer una red donde la información sea un acto de cuidado, donde la experiencia humana sea conocimiento legítimo y donde nadie tenga que atravesar solo lo que esté atravesando.
Nació en el corazón de Sudamérica con visión global. Como un espacio donde la fortaleza y la vulnerabilidad pueden convivir. Donde la diferencia no es defecto. Donde acompañar también es liderar.
Si alguna vez sentiste que podías con todo pero necesitabas comprensión en lugar de más exigencia, este espacio es para vos.
Con honestidad y propósito,


Fabiola Domínguez